La Ciencia Ficción Andina

Por Marcelo Novoa

I. Intro/dicción

La noción de “ciencia ficción andina” ha rondado innúmeras conversaciones de pares escritores, simposios académicos del género y tertulias bohemias varias, desde antes del 2000 y hasta la fecha. Ganando siempre más adeptos, e inequívocamente, generando casi nada de detractores. Puesto que tal rótulo felizmente unió un género siempre demarcándose y un regionalismo evidente, al tiempo que da cuenta del aumento exponencial de nuevas obras que barajan la noción de territorialidad unida a la de textualidad fantástica. Dichos textos ponen en tensión: espacio, lengua y género, en un híbrido con identidad propia, dignas de mayor atención, tanto para los adeptos, de por sí imantados por la atracción del polo anglosajón; como para académicos, periodistas y divulgadores, siempre en busca del “color local” antes que la autenticidad.

Desde que críticos y pensadores hispanoparlantes (Belevan, Barrenechea, o Roa, por citar solo algunos) destacasen, cada uno a su manera, y todos ellos, con modalidades teóricas harto diferentes unas de otras, que la literatura no-realista escrita en América Latina debía perseguir una nueva nomenclatura, que superase la archirepetida consigna de Todorov, Callois o Vax, que seguían en shock por haber presenciado en vivo y directo el coito bestial entre romanticismo y naturalismo. Así pues, lo que para nosotros será constante caos democrático, molesto delirio cotidiano y horror en horario de oficina; para los europeos significó bucear hacia las profundidades aberrantes de su ontología más vulnerable. Pues aquello tan insoportable para el Primer Mundo, no es sino la sobrevivencia nuestra de cada día.

II.Ubicua ucronía medio a medio del Urubamba (imago exfernalis)

Ahora el IV Imperio Tahuantinsuyo se extendía desde Pasadena, en Nova-California, hasta el Monte Erebus, Repúblicas Independientes Antárticas; como quien dice, pintura de guerra en la mejilla izquierda de los aún colosales TransAndes.

Se dice que fueron ingenieros tácticos mozárabes, descolgados de un grupo élite de tropas de asalto Vortex-Hégira, en 2532, quienes le hicieron un forado tectónico insalvable al intentar echar por tierra los últimos yacimientos de litio con la mayor pureza de ley existente.

Fue tal el repudio mediático transglobal que, al fin, se logró afianzar a los cientos de regímenes de opereta en una tríada de urbes-estado: Tech-Titlán, Mega Tikal y Caos/Cusco, todas regidos por la férrea administración policolonial de la Santa Apostasía que se juraba eterna como La caída del Semejante, pues pensaban durar, por lo menos, 1000 años más que el advenimiento de las IA autonomistas.

Nada era inequívoco o constante en estos parajes imaginarios, ni siquiera la entropía evolutiva que mudaba el horizonte de sucesos hace eones.

Y aunque los meta-incas lo intentaron, asolando con sus guerrillas furtivas las vastedades dimensionales al filo del primer mundo digital, su tenaz organización sico-política-secreta regó de sangre cada Templo-terraza HiltonRitz del exclusivo Resort Urubamba, pero nunca lograron siquiera acaparar el morbo de indoeuropeos y postamericanistas, sino por un escaso fin de semana que acabó por saciarles, como si se tratase de unas accidentadas vacaciones holográficas de catálogo.

Y así pasaron a engrosar el tropel de centenares de motines fallidos, faustos estropeados, cultos ocultos a simple vista, sumándose a la caterva de castas, linajes y familias tumbadas y demolidas por la marcha forzada hacia el olvido.

Allí, en uno de los infinitos habitáculos autovalentes de uno de los conglomerados más menesterosos del extremo sur de esta superurbe, contemplando eternas puestas de sol que nunca acaban de morir, sintió crecer dentro de sí la tensión no resuelta del microcampesinado migrando a las ultraciudades que muy pronto los absorbían y deconstruían y los moldeaban y los reprogramaban igual que hace una ventolera de siglos. Y una rabia incierta, recién a flote en su conciencia alterada, fue forjando en él un ignorado prototipo nuevo de omnintelecto, aún en fase larvaria, que terminó por autonominarse como “cientificcionario por la gracia del Odio”. Y recién allí, tardía pero vorazmente, ansió soñar con una Examérica libre otra vez…

III. Códex holográfico en manos de un tecno-escriba…

“[Padre cóndor, llévame, Hermano gavilán, guíame, Intercedan por mí ante mi madre y mi padre. Ya estoy aquí por cinco días. Sin comer, sin beber… Lleva, te ruego, mis palabras…]

Y muere colgado.”

Huamán Poma de Ayala, “Nueva corónica y buen gobierno” (1615)        

Y no será sino hasta que José María Arguedas, renovador de la literatura indigenista, reparemos en cierto mecanismo que destrabaría siglos de impostura y/o confrontación: la culpa gozosa. Bien dice el Blog En las nubes de la ficción (Universidad del Pacífico, Lima):

“Arguedas es, para la mirada mestiza, moderna y urbana del Perú, la conciencia del Apu, de lo ancestral; el recuerdo de que somos siempre invasores de tierras que responden a una lógica espiritual mucho más antigua, hermana e hija de la geografía escarpada y difícil de los Andes”. Y siguiendo tal afluente conceptual, podríamos rizar in extremis al pensar que muchos de los temas abordados por la literatura de género fantástico en nuestros países nos elevan más allá de las apariencias o influencias comunes a toda la masa crítica de las letras primermundistas. Pues, soterradamente, con clara conciencia e implicancias socio-políticas certeras, desde mediados del siglo XX, se abre paso una literatura fantástica, de ciencia ficción y horror que comparten no solo un lugar de enunciación “errado pero feliz”, mientras desarrolla sus singularidades (muchas veces infiltrada en la literatura infantil y juvenil, por carecer de una escena más adulta, hasta cuando sea aceptada por los medios y la academia). Y allí, las tramas locales, donde las temperaturas humanas se mixturan en ciertas geografías síquicas (llámense andinos o amazónicos), les vuelven insospechados herederos/hijos ilegítimos de las tradiciones (su ficcionalización utópica), re-utilizándolas sin respeto paralizante o entelequia altanera, revivificando así cadenas de ADN identitario, clonando las dinámicas sociales de urbes mestizas y contaminadas, que no añoran un futuro esplendor, sino aún renguean un rencoroso pasado imposible de resucitar. Pues es justamente allí -tierra de nadie hipercodificada- donde mejor se desarrollarán los nuevos autores de Ciencia Ficción Andina. Veamos el caso colombiano, que nos aporta tempranamente la noveleta: Barranquilla 2132 (1932) de José Antonio Osorio Lizarazo, donde despierta un hombre tras doscientos años de invernación, para reparar que los temidos cambios futuros, desde arquitectura hasta alimentación, sólo son superficiales, pues aún anida en el corazón del prójimo la sed de destrucción, reflejada en un científico loco que, literalmente, quiere explosionar el mundo. Y a la vuelta del nuevo siglo, se yuxtapone con la novelaza Vagabunda Bogotá (2012) de Luis Carlo Barragán, quien crea/diseña un personaje entrañable y anónimo que se funde con la urbe que deambula, perdiéndose en decodificaciones hasta volverse una más de sus pulsaciones internas. Distopía y posthumanidad en clave barrial, a contrapelo, por cierto, del futurismo global.

IV. Esta columna vertebral terrestre tachonada de ficciones ortopédicas

“Los Andes Centrales ocupan la parte occidental y central de Sudamérica, incluyendo los territorios del Perú, Bolivia, norte de Chile, noroeste de Argentina y sur del Ecuador. Región caracterizada por la diversidad topográfica y climática (…) Esta diversidad externa, por paradoja, constituye una de las bases fundamentales de la unidad del territorio andino, donde la altura y la llanura, los valles y las punas, las costas y la sierra, constituyen segmentos complementarios y de mutuo contraste”.

Ramiro Matos M.

Solo me detendré en tres textos paradigmáticos: Las Crónicas del Breve Reino (2006) de Santiago Páez, una saga novelesca dividida en cuatro viajes que, a través de 130 años, narran el desplome de un país andino imaginario. En la cuarta entrega, Uriel, vemos un Quito distópico, la geografía y la urbanidad lucen devastadas, el tiempo no asume un sentido ascendente, sino más bien de espiral-en-caída-libre y, por ello, los personajes giran en torno a una única empresa: sobrevivir. El tablero ficcional se divide entre aquellos que lo tienen todo (caudillos milenaristas) y los demás que no tienen nada que perder (mercenarios postapocalípticos). No obstante, la vida incontaminada pugna por prevalecer, así lo apunta el periodista Juan Secaira cuando dice: “…el personaje más relevante es Cosmo, imagen de la belleza, de lo prohibido pero hermoso, de la seducción (…) Por momentos, se transforma en un ángel castigador, luego en un pequeño diablo protector; juega e inquieta a todos”. O como señalara el propio autor: “…los géneros usados (histórico, policial, de aventuras y de ciencia ficción) son realistas, aún el último que parecería fantástico… Por tanto, me permitieron mostrar la misma realidad (la de ese país imaginario: el Ecuador) desde cuatro perspectivas diferentes, pero próximas y rigurosas”. Una novela que, ni más ni menos, se propone socavar el molde realista identitario de las impuestas “verdades históricas”.

El Primer Peruano en el Espacio (2016) de Daniel Salvo es clásico instantáneo de la ciencia ficción peruana, que incluyen variadas referencias al imaginario pop del género, no busca concordar con la “New Age”, que insiste en un ignorado origen extraterrestre de las culturas precolombinas. El último cuento del volumen: “Quipucamayoc”, presenta un protagonista que busca vengar a su pueblo de la tiranía Incaica, y para ello se vuelve experto en quipus (sistema mnemotécnico mediante cuerdas de lana o algodón y nudos de uno o varios colores desarrollado por las civilizaciones andinas), para así contaminar el mensaje de los mismos y hacer caer el sistema de contabilidad del imperio, en otras palabras, nos encontramos ante un Hacker de la antigüedad y, quizás, el único cuento precyberandino escrito hasta hoy. El mismo autor piensa de este texto que es “retro ciencia-ficción andina” o “cholopunk”, y en vez de apelar al estereotipo de opresión divina de las culturas dominantes locales, se plantea una teoría más verosímil pero aún impensable: ¿Y si los Incas manejaban una tecnología que hoy no somos capaces de entender o asimilar? Así, su notable cuento “Quipucamayoc” lleva su preocupación literaria acerca de la información guardada en ese complejo sistema de almacenamiento inca, y lo vuelve metáfora de la razón misma de escribir ciencia ficción en Perú y Latinoamérica, como si se tratase de un hacker-escriba que introdujera virus en el sistema de información del imperio editorial.

Finalmente, la novela corta Los Muros del Silencio (1987) publicada en La Habana, Cuba, nos cuenta la travesía de un joven lingüista que asciende a la zona cordillerana chilena, hasta una aldea perdida donde aún se conserva una versión arcaica del lenguaje castellano y que, por tanto, será parte central de su investigación académica futura. Así, sin proponérselo, este grupo de jóvenes estudiosos y despreocupados dan con una civilización perdida, una tropa de adelantados conquistadores españoles que conservan intactos sus usos y costumbres. El sueño húmedo de cualquier arqueólogo se pensaría (pero al igual que en Parque Jurásico) no puede terminar sino en megadesastre. El escritor cubano, Yoss (José Miguel Sánchez Gómez) revela su conocimiento sobre esta obra: “El chileno Eduardo Barredo ya era conocido por los aficionados cubanos a la CF por dos volúmenes de cuentos: El Valle de los Relámpagos y Encuentros Paralelos, y por su muy superior novela corta: Los muros del silencio. (…) Este autor de Valparaíso, residente en nuestro país desde hace décadas constituyó en los 80tas el máximo exponente de una CF ¿cubana?”. Así, esta novela breve, ignorada, aislada, sesgada de sus lectores, fue adquiriendo con los años un guiño visionario al señalar su presencia/ocultamiento en estudios y críticas del género; lo mismo que nos acontece con la contemplación/negación del macizo andino, generando así una cerrazón mental, una insularidad estancada textual, que sólo se desahogará en la autocomplacencia manual por parte de los escribidores del nuevo milenio.

V. Coda/de/salida

Por lo mismo, la Ciencia ficción local no podía esperar más para tomar cartas en este espinudo asunto teórico, y por ello he convocado esta incierta panorámica crítica desde el pasado reciente, pues el presente se puebla de nuevas voces y meritorias obras que nos hablan de un novísimo desierto florido, siempre que a esta metáfora casi seca todavía pueda exprimírsele algo refrescantemente “nuevo”.

¡Disfruten, entonces, su entrada liberada a la Ciencia Ficción Andina!

Dunas de Concón, octubre, 2020.

MARCELO NOVOA SEPÚLVEDA
(VIÑA DEL MAR, CHILE, 1964)

Poeta, editor y crítico. Doctorando en Literatura. Fundó la Editorial Trombo Azul de Valparaíso, gestión independiente de culto de los años 1980s. También, cumplió funciones de editor de Universidad de Valparaíso Editorial durante 10 años. Ha publicado poesía, crónica y antologías, entre sus principales títulos destacan: “LP” (1987, reeditado el 2017 en su versión íntegra), “Arte Cortante” (poemas reunidos en 1993, 2003 y este 2019), y “Años Luz. Mapa estelar de la ciencia ficción en Chile” (2006). Como creador y agente cultural realiza talleres y cursos literarios, tanto de poesía como del género fantástico, además de participar como jurado, prologuista y reseñista desde hace 20 años. A todo ello, suma la organización de “Chile Fantástico. 1810–2010”, la mayor exposición temática del género en la Biblioteca Nacional (2008), cinco exitosas versiones de la “Semana Fantástica” en Valparaíso y seis temporadas del “Ciclo de Literatura Fantástica chilena”, en conjunto con la I. Municipalidad de Viña del Mar, donde se reúnen y reconocen artistas de distintas disciplinas, unidos por la imaginación y la fantasía. Su editorial Puerto de Escape, con más de setenta títulos publicados hasta la fecha, y su sitio: http://www.puerto-de-escape.cl/, le han convertido en referente obligado en la escena fantástica latinoamericana, y a él mismo, en uno de los nombres claves del reconocimiento y expansión que la Ciencia Ficción y Fantasías chilenas gozan hoy día.

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